En el otoño de 1839 el explorador John Lloyd Stephens y el dibujan­te Frederick Catherwood recorrían un angosto valle del oeste de Honduras llamado Copan. Ante ellos apareció una enorme construcción formada por unos dos millones de metros cúbicos de mampostería sobre una terraza artificial de 30 metros de altura. Era la espec­tacular Acrópolis de Copán, centro cívico y ceremonial de una de las ciudades estado más importantes de la cultura maya.

A lo largo de más de un si­glo se han realizado en Co­pán numerosos trabajos arqueológicos. En la Acrópolis se han hecho hallazgos de gran importancia, como el llamado Altar Q, decorado con dieciséis  figuras esculpidas que representan a los distintos reyes que gobernaron la ciudad-es­tado a lo largo de la historia.

A pesar de que en el yaci­miento de Copán los trabajos siempre han resultado suma­mente complejos, hasta el punto de que muchos espe­cialistas califican a este cen­tro arqueológico como el ma­yor rompecabezas de Mesoamérica, el detenido estudio de los restos y las inscripcio­nes no deja de arrojar datos que permiten desentrañar la historia de este singular lugar.

EL FUNDADOR  DE LA DINASTÍA

Hay vestigios que indican que ya existían algunas vi­viendas aisladas en Copán hacia el año 1100 a.C. Pero la ciudad como tal no surgió hasta el año 400 de nuestra era cuando llegó al trono el rey K’inich Yax K’uk’ Mo’ (Ojos de Sol, Verde Quetzal Guacamayo). En todos los textos jeroglíficos está reconocido como el fundador de la dinastía y el promotor de la ciudad estado, ya que durante su gobierno ordeno la construcción de templos, pistas de juego de pelota, pirámides y otros edificios Algunos expertos creen que este soberano quizás procedía de  Teotihuacán, una inmensa e  influyente ciudad del México central, puesto que en diver­sas construcciones se emplea­ron estilos propios de aquel lugar. Sea como fuera, el rey estableció una dinastía que se mantuvo en el poder durante unos cuatrocientos años.

La Acrópolis se constituyó como sede del poder que go­bernó Copán durante el apo­geo del período clásico maya.

El complejo fue aumentando de tamaño con el paso de los años porque cada gobernante demolió parte de los edificios ya existentes para levantar sobre ellos nuevas construc­ciones. En las dependencias secretas tenían lugar las ceremonias reales, en las que se ingerían alucinógenos, me­diante las cuales los monarcas esperaban alguna revelación divina.

EL MISTERIO DE LA RIENA

Uno de los hallazgos más importantes que se han hecho hasta ahora en la Acró­polis de Copán ha sido la tumba situada debajo de la cámara de las ofrendas del denominado edificio Margarita. Los indicios apuntaban a que la tumba de­bía pertenecer a uno de los pri­meros reyes de la ciudad, pues­to que contaba con una decora­ción muy elaborada. Sin embar­go, los investigadores quedaron estupefactos cuando descubrieron los restos de una mujer de unos cincuenta años ataviada con ricos ropajes y joyas de jade de incalculable valor. Su crá­neo había sido recubierto con cinabrio, una sustancia sagrada para los mayas, que le propor­cionaba un tono rojo y brillan­te. Finalmente, los investigado­res afirmaron que el cuerpo de la noble dama pertenece a la es­posa de K’inich Yax K’uk’ Mo’, el fundador de la dinastía real de Copán.

LA ÉPOCA DORADA

A fines del siglo VII, con la llegada al trono de Jaguar Humo, el «Gran Instigador», comenzó la época de mayor esplendor de esta ciudad-es­tado. Bajo su mandato, alre­dedor de la Acrópolis se lle­garon a establecer hasta unos 10.000 habitantes. Ya en el siglo VIII el rey 18 Conejo, el «Gran Integrador», terminó por hacer de Copan una de las capitales más importantes de la cultura maya. Por lo que se ha podido descubrir hasta la fecha, este soberano orde­nó levantar un notable nú­mero de templos, así como es­telas que adornaban la plaza en la que se celebraban algu­nas de las más vistosas ceremonias rituales. 18 Conejo fue derrocado y decapitado por el rey de Quiriguá. La hu­millación fue solventada por el decimoquinto rey de la di­nastía, Concha Humo, que ordenó construir un magnífi­co templo que presentaba la Escalera de los Jeroglíficos, nada menos que 1.263 glifos que reafirmaban el poderío de los reyes de Copán.

 EL REINO FANTASMA

Alrededor de la Acrópolis se alzaron las lujosas residencias destinadas a familias de las clases dirigentes. A éstas se sumaron las que ocupaban las familias de clases alta y me­dia, así como las aldeas de los campesinos. El reino de Co­pán superó los 20.000 habi­tantes. Para surtir de leña a una población tan grande, comenzó a producirse una notable deforestación en toda la zona que llegó a perjudicar a los campos de cultivo. El hambre fue consecuencia de la crisis económica, que a su vez originó el desmorona­miento político.

Yax Pasah ocupó el trono de Copán en el año 762. Fue el último rey conocido de la di­nastía fundada por K’inich Yax K’uk’ Mo’ y, quizás intu­yendo el final de la misma, ordenó construir el Altar Q, donde él mismo aparece representado junto a todos sus antecesores recibiendo un bastón de mando de manos del mismísimo fundador. Yax Pasah no pudo hacer nada por evitar la caída de la di­nastía real. Luego, durante un siglo, la ciudad continuó en manos de las poderosas fami­lias que se habían establecido en la zona. No obstante, a fi­nales del siglo IX, Copán ya se había convertido en un reino, fantasma, que dejaría ocultos bajo la maleza durante cien­tos de años valiosos testimonio nio sobre la vida de los mayas.

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