polar
SEÑOR DE LOS HIELOS


El buggy atraviesa lentamente las amplias extensio nes de hielo que rodean la bahía de Hudson. El sol, siempre cerca del hori­zonte, alarga las sombras y ti­ñe de un extraño color el paisaje por el que los turistas -más de 5.000 cada año- pa­sean sus miradas, sus prismá­ticos, sus teleobjetivos y, so­bre todo, sus ilusiones. Ver al más grande de los carnívoros terrestres en su ambiente na­tural es una experiencia inol­vidable, un premio para las muchas horas de frío suaviza­das por la pesada y cálida car­ga de los forros polares.

El tristemente famoso vertede­ro de la ciudad de Churchill, en el que se concentraban y en­contraban la muerte cada oto­ño una gran cantidad de osos polares, está ahora controlado. Ya no pueden penetrar los osos en él. Pero esta ciudad cana­diense, próxima al Parque Na­cional Wapusk, continúa os­tentando el título honorífico de «capital del oso polar», deno­minación que está perfecta­mente justificada. En sus alre­dedores, en una estrecha franja costera de la bahía, se concen­tran cerca de 1.200 ejemplares de esta especie, por lo que es ca­si seguro que, con la ayuda de los expertos guías, las ilusiones de los turistas se verán recom­pensadas.

Sin embargo, como suele suceder, la visión que pue­de obtener un visitante ocasional sobre la vida del oso polar es parcial. Ni si­quiera los científicos que han dedicado buena parte de su carrera al estudio de este singular animal han sido capaces aún de des­cifrar todas las claves que permiten al oso polar so­brevivir en el duro entor­no ártico.

Una historia ligada al hielo

Los estudios sobre la evolu­ción de las especies que pue­blan el planeta han permitido deducir que la historia del oso polar, su independencia como especie, se remonta a unos 125.000 años atrás. Fue entonces cuando una nueva especie se diferenció de su ancestro, el oso pardo que habitaba en gran parte de Eurasia. Hacía ya tiempo que algunas poblaciones norteñas de oso pardo se habían espe­cializado en la caza de focas, presas relativamente fáciles de atrapar sobre el hielo, y se habían establecido núcleos de población en las zonas del límite de los grandes hielos. La evolución fue separando a estas poblaciones de las que ocupaban zonas más meridio­nales. Su hocico se fue alar­gando, su pelaje se aclaró y sus dientes se acortaron. Fi­nalmente apareció la archiconocida figura del gran oso blanco, el más impresionante cazador ártico. El oso polar se adaptó a las regiones heladas y sus poblaciones se exten­dieron por todo el territorio ártico, donde actualmente se calcula que habitan entre 25.000 y 40.000 ejemplares. Es cierto que estas cifras per­miten cierto optimismo so­bre el futuro de la especie, pero debido a la enorme ex­tensión de territorio que ocu­pan su densidad suele ser es­casa excepto en zonas con­cretas, como los alrededores de la ciudad de Churchill.

El gigante solitario

Pese a la sensación inicial que pueden tener los visitan­tes desde sus cómodos buggies, la realidad es que el oso polar es un animal eminente­mente solitario, en especial si se trata de un macho adul­to. Pueden transcurrir meses sin que dos osos adultos man­tengan ningún tipo de rela­ción, y en caso de encontrar­se durante sus interminables vagabundeos las relaciones no suelen ser muy amistosas. Estos encuentros son más fre­cuentes durante la época en que las hembras están en ce­lo, cosa que tiene lugar hacia el mes de mayo. En esos mo­mentos los efluvios hormo­nales de la hembra atraen a los grandes machos solita­rios, que se las disputan en unas peleas cuyo resultado puede ser la muerte de uno de los contendientes. Tras la confrontación, el macho vencedor permanecerá con la hembra durante algunos días y se dedicará por entero a ella, sin tiempo para la ca­za. El perdedor, por su parte, abandonará el lugar -si las heridas se lo permiten- y tra­tará de buscar otra oportuni­dad de aparearse.

Un embarazo con truco

Podría pensarse, tras conocer el momento en que se apa­rean, que el embarazo de las hembras se prolonga durante cerca de nueve meses; sin embargo, nada más lejos de la realidad. Las adaptaciones fisiológicas del oso polar le permiten diferir la implanta­ción del embrión en el útero materno hasta que las condi­ciones físicas de la futura ma­dre sean las idóneas para que el embarazo tenga éxito.

Durante la primavera, antes de que los hielos se fundan con los tibios rayos de sol, las hembras se dedican a cazar y a engordar gracias a la grasa de las focas. Su capacidad para ganar peso resulta sorprendente: en esa época la osa puede incrementar su grasa corporal en cerca de un 50%, acumulo que resulta fundamental no como aislante térmico sino como reserva ener­gética para los largos meses en los que no podrá alimentarse.Así, a mediados del otoño, una hembra puede llegar a acumular hasta 180 ki­los de grasa; sólo entonces los embriones formados en la pri­mavera se implantan y co­mienzan su desarrollo.

Con la vuelta de la oscuridad y de los intensos fríos, las hembras gestantes buscan los lugares más idóneos y exca­van un agujero en la nieve en el que se introducen para no salir hasta principios de la si­guiente primavera. En el in­terior de la osera la osa se adormila. Su ritmo cardíaco desciende desde los 60 latidos por minuto a unos 30 y, en consecuencia, su consumo metabólico se reduce. Esta es­trategia de ahorro energético da resultado, pues los peque­ños oseznos que se están for­mando en su vientre necesi­tan el suficiente aporte de ali­mento de la madre para cre­cer en buenas condiciones.

A mediados del invierno, en­tre fines de diciembre y prin­cipios de enero, las hembras paren entre uno, y tres cacho­rros cuyo peso ronda el medio kilo, casi mil veces menos del que podrán alcanzar cuando se conviertan en adultos. Por fortuna para ellos, en el inte­rior del cubil la temperatura puede ser hasta 40C más ele­vada que en el exterior, mien­tras que la leche de la osa les proporciona una gran canti­dad de energía. Así, cuando abandonen la guarida con una edad aproximada de tres meses, serán capaces de seguir a su madre durante las expe­diciones de caza.

El oso polar es un animal eminentemente solitario, en especial si se trata de un macho adulto

Un paciente cazador

Durante su estancia en la ose­ra, la hembra ha podido per­der hasta el 45% de su peso corporal, de manera que ne­cesita recuperar energías con urgencia y, en consecuencia, desplegar todas sus habilida­des como cazadora. Su desa­rrollado sentido del olfato le permite detectar la presencia de focas en el hielo sin dema­siados problemas, y precisa­mente la época en que los oseznos abandonan la osera en la que nacieron coincide con la de mayor abundancia de crías de foca.

El oso recorre entonces el terre­no en busca de los cubiles cu­biertos en la nieve en los que las focas han escondido a sus crías. Evidentemente, una vez descubierta la guarida, nada puede salvar a un indefenso ca­chorro de foca, que acaba irre­mediablemente en las fauces del cazador. Pero las habilida­des predadoras del oso polar van más allá. Su paciencia pue­de llegar a exasperar al más tranquilo de los observadores cuando el gran animal blanco decide esperar junto al agujero de respiración de una foca. Tumbado, aguarda durante el tiempo necesario sin realizar prácticamente ningún movi­miento hasta que la desaperci­bida foca asoma su cabeza por encima de la superficie del agua. Es ese momento, los col­millos del oso terminan el tra­bajo iniciado por sus poderosas zarpas. Tras un potente mordis­co en la cabeza, el cuerpo de la foca es extraído del agua y de­positado en la superficie del hielo, donde el cazador se ati­borra con la gran cantidad de grasa del pinnípedo. Sus restos quedarán abandonados y servi­rán de banquete a otros habi­tantes de las grandes extensio­nes heladas, como el inquieto zorro ártico.

Un abrígo muy especial

La vida del oso polar en las frías regiones del círculo polar Ártico sería imposible si este magnífico animal no hu­biera desarrollado, a lo largo de los cerca de 125.000 años de especiálización, unas no me­nos magníficas adaptaciones. El «abrigo» del oso polar consta de tres capas super­puestas. La exterior está for­mada por un pelo largo de co­lor blanco, la media por un pe­lo más corto y parecido a la borra, y la interior por una gruesa piel. Los largos y blan­cos pelos del exterior, que son los que le proporcionan el co­lor característico, son en reali­dad tubitos huecos que condu­cen los rayos solares hacia el interior de forma parecida a como lo hace la fibra óptica. La capa de borra crea una cá­mara de aire que reduce el brusco contraste de tempera­turas entre el exterior y el in­terior, y la gruesa piel actúa como una coraza aislante. Curiosa­mente, si se elimi­nase el pelo del oso polar, el animal cambiaría radical­mente su color: se­ría un oso negro. El color negro absor­be el calor con mu­cha mayor eficacia que el blanco, de manera que la piel oscura realiza las funciones de acumulador de las radiaciones conducidas por el interior del pelo.

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