El acueducto transportaba el agua desde un manantial de la montaña hasta la ciudad: más de quince millones de litros cada día

Para el Imperio ro­mano había una forma clara de ex­presar el poder: la arquitectura. Y, curiosamente, mientras los griegos se preocupaban por hacer monumentos a sus dio­ses, a los romanos les intere­saban más las obras de inge­niería civil. Lo cierto es que los ingenieros del Imperio fueron auténticos genios, que se supieron adaptar per­fectamente a los materiales propios de cada región y que alzaron algunas obras monu­mentales que han logrado desafiar el paso del tiempo y que todavía hoy en día se mantienen en pie.

En su época de máximo es­plendor el Imperio se exten­día desde Gran Bretaña has­ta Siria. Esa es la razón de que se puedan encontrar vestigios romanos en diversos puntos del mundo. Así, hoy es posible admirar acueduc­tos, anfiteatros, templos y fo­ros en Alemania, Líbano, Es­paña, Francia, Tunicia e In­glaterra.

Un acueducto fabuloso

En la ciudad francesa de Ar­les los romanos construyeron un anfiteatro con capacidad para 26.000 espectadores en el que se ofrecían vibrantes luchas de gladiadores. Des­pués de haber sido una forta­leza durante la Edad Media, hoy sirve de escenario para algunas corridas de toros. También el cercano teatro de Orange, que fue construido sobre el año 10 de nuestra era, ha soportado el paso de los siglos y sigue albergando diversas representaciones artísticas. Pero la obra maestra de la ingeniería romana en Francia se encuentra en las proximidades de la ciudad de Nimes. Allí, desafiante y grandioso, se encuentra el formidable puente del Gard.

La historia de este acueducto se remonta a la época del emperador Augusto, quien estableció a los gene­rales que habían participado en la victoriosa campaña egipcia en una ciudad llama­da Nemausus (luego Nimes). Su situación geográfica era privilegiada, puesto que es­taba en la principal ruta que unía Italia con España, la Via Domitia. La ciudad cre­ció y llegó a albergar a más de 40.000 habitantes. Hacia el año 19 d.C. Marco Agri­pa, responsable de las obras hidráulicas del imperio, visi­tó la ciudad, y vio la necesi­dad de construir un acueduc­to. que suministrase agua a los vecinos. Sobre el río Gard se alzó un puente for­midable compuesto por tres cuerpos: una base con seis arcos que estaba en contacto con el agua del río, un cuerpo intermedio formado por otros once arcos y, arriba, 35 arcos más por los que se transportaba el agua desde un manantial de la montaña hasta la ciudad: en total más de 15 millones de litros de agua pa­saban por este acueducto.

El acueducto fue una de las obras más características de la ingeniería romana. La ma­yoría de ellos fueron cons­truidos tan sólidamente que se han mantenido práctica­mente intactos hasta el día de hoy. Además del acueducto del Gard, otro muy célebre es el que se levantó en Segovia en el siglo II de nuestra era.

Muros y puertas

Ya estuvieran en Europa, Turquía o el norte de Africa las ciudades del Imperio tenían que estar dotadas de infraes­tructuras completas. Y esto significaba que un núcleo ur­bano disponía de una mura­lla, un arco o puerta de entra­da, calles pavimentadas, ace­ras de mosaico, templos dedicados a las divinidades y un edificio de mármol para cele­brar las reuniones del gobier­no local.

Por lo general, las murallas romanas tenían un doble mu­ro de sillares separado por un espacio en el que se coloca­ban piedras y arena, y que formaba una especie de vía por la que podían circular los vigías encargados de la defensa . Los constructores tenían la precaución de que el muro se prolongase varios metros bajo tierra, ya que así impe­dían que pudiera haber un ac­ceso subterráneo a la ciudad. Igual que las murallas roma­nas fueron un claro antece­dente de las medievales, tam­bién lo fueron las puertas. Lo normal es que constaran de tres arcos, uno central más amplio que permitía el paso de carruajes, y dos laterales más pequeños reservados a los peatones. Además de con­tar con gruesas puertas de madera, existían planchas de metal de cierre que sólo se utilizaban en caso de ataque.

Todas las ciudades estaban proyectadas al detalle. Una serie de ejes principales y bulevares, que solían verse interrumpidos por parques o templos, servían de centro al resto de calles entrecruzadas. La importancia de una ciu­dad se podía medir en fun­ción del número de edificios importantes que se alzaban en torno al foro central.

Higiene y Entretenimiento

Lugares más o menos comu­nes en las ciudades del Impe­rio eran las termas o baños públicos, que cubrían la au­sencia de baño en los hoga­res particulares. Dotadas con redes de tuberías de plomo subterráneas, podían abaste­cer de agua fría y caliente. Normalmente próximos a las termas estaban los lupa­nares, cuya portada solía es­tar decorada con motivos gráficos que indicaban los servicios sexuales que allí se prestaban. Todas las ciuda­des romanas también solían disponer de plazas abiertas, bibliotecas públicas y gran­des parques.

Por supuesto, un punto importante lo marcaban aquellos lugares destinados a la celebración de espectáculos públicos, como eran  los teatros, los circos y los  anfiteatros. Sin lugar a du­das, uno especialmente céle­bre fue el Coliseo de Roma; donde se celebraban luchas de gladiadores y también de animales, un espectáculo al que denominaban con el nombre de «venationes». En ambos casos, el espectáculo duraba casi todo el día, por lo que el techo del anfitea­tro disponía de una especie de toldo gigantesco con el que protegía del sol a los espectadores en las horas más calurosas.

LAS COMUNICACIONES

Los ingenieros romanos, además de tener un gran sentido estético, era eminentemente prácticos: sus construcciones debían prestar el servicio para el que fueron realizadas del mejor modo posible. Y quizás una de las mayores preocupaciones de los constructores del Imperio fueron las comunicaciones. Convencidos de que comunicar las principales ciudades mediante una vasta red de carreteras podía ser la clave para el perfecto funcionamiento de la vida del Imperio, construyeron el sistema viario más grande que hasta la fecha se había visto en el planeta. Pero no se conformaron con hacer simples senderos, sino que construyeron una sólidas y revolucionarias calzadas por las que se podía recorrer medio mundo.

Posiblemente, la más popular de estas calzadas fue la Via Apia, cuyo trazado de 580 km servía para enlazar Roma con las colonias del Adriático. No obstante, luego existieron otras mucho más monumentales, como la Via Egnatia, que ponía en contacto Roma con Bizancio, o la Via Domitia, por la que se podía viajar desde Italia hasta España.

Las calzadas estaban construidas con verdadero cuidado. El trazado debía tener más de un metro de profundidad, puesto que la vía quedaba compuesta por cuatro capas superpuestas. La superior, la única que quedaba a la vista, se denominaba «pa- vimentum». Bajo ésta quedaban tres capas de infraestructura llamadas «nu- cleus», «rudus» y «estatu- men». La superficie estaba perfectamente preparada para que pudiera tanto drenar el agua caída durante una tormenta como para evitar los resbalones de los caminantes y de los caballos, sobre todo en los terrenos que estaban cuesta abajo. A cada 1.481 metros, aproximadamente, que era lo que venía a ser la milla romana, se colocaba un poste numerado secuencialmente, en el que además se indicaba la distancia a la que estaba la población más próxima. El papel de las calzadas como centro de unión política, comercial y cultural resultó decisivo en la historia del imperio Romano

Anuncios