DIOSES GRIEGOS Y ROMANOS

Através de las obras de arte que se con­servan de la cultura de la Grecia clási­ca, los arqueólogos han logrado ir desentrañando la compleja organización de divinidades que existieron en aquellos tiempos. Para los griegos, la religión tenía más un servicio útil que moral. De hecho, buscaban el apo­yo y la recompensa material de sus dioses, para lo cual ce­lebraban fiestas y sacrificios.Y cuando sus peticiones no obtenían respuesta, conside­raban que por alguna razón habían contrariado a sus dio­ses.

El panteón griego

En lugar de tener una divini­dad todopoderosa, los grie­gos contaron con un singular entramado de dioses, semidioses y héroes, cuyas leyen­das dieron pie a la denomi­nada mitología griega. El grupo más antiguo de los dioses griegos fue el de los Titanes, liderado por Crono. Según la leyenda, de la unión de éste y Rea nació Zeus, que tras derrotar a los Titanes, se estableció en el Olimpo co­mo la divinidad superior. Este lugar sagrado lo compartió con otros cinco dioses y seis diosas. Ellos eran Apolo, dios de la música, la poesía y la pureza; Ares, dios de la gue­rra; Hefesto, divinidad del fuego y la forja; Poseidón, dios de los mares; y Hermes, que además de mensajero de los dioses, era curiosamente considerado como una divi­nidad tanto entre los comer­ciantes como entre los ladrones.

Entre las diosas estaban Hera, hermana y esposa de Zeus, reina del cielo, de la luz y del matrimonio; Atenea, diosa de la guerra; Afrodita, diosa del amor; Artemisa, hermana de Apolo y diosa de la caza;  Hestia, diosa del hogar; y Deméter, diosa de la agricultura.

Otras divinidades asociadas al Olimpo fueron Pan, el dios de los pastores y de los reba­ños, al que se le representaba con el torso de un hombre y la mitad inferior de un macho cabrío; Dionisio, el dios del vino; y Hades, el hermano os­curo de Zeus, rey de los infier­nos y dios de los muertos. Pero no termina aquí la re­lación de dioses a los que pro­fesaban culto los griegos. Es­taban también las ninfas, un grupo de deidades menores que se ocupaban de proteger diversos aspectos de la natu­raleza. Se las llamaba sílfides a aquellas que poblaban los bosques, náyades a las que es­taban en ríos y lagos, y nerei­das a las establecidas en el mar.

Otras deidades de rango similar eran las musas. Según la leyenda, estas protectoras, de las artes y las ciencias vi­vían en el Parnaso, bajo la presidencia de Apolo. La mitología hablaba , de nueve musas: Clío, Euterpe, Talía, . Melpóneme, Terpsícore, Erato, Polimmia, Urania y Galíope. Precisamente hijo de esta última fue Orfeo, un poeta perteneciente a la raza de los semidióses, mitad mortal y mitad dios; pero sin duda el más célebre de todos ellos fue el hijo de Zeus, el forzudo Heracles, que más tarde sería bautizado por los romanos como Hércules.

Las versiones romanas

La religión en Roma también tenía un sentido utilitario, ya fuera en beneficio de los individuos o del Estado. Antes de que conociesen la cultura griega, hacia el año 700 a.C., el culto de los romanos se centraba sobre todo en la llamada Tríada Arcaica, forma­da por Júpiter, Marte y Quirino. El primero estaba consi­derado como el padre y el rey de todos los dioses, además de ser la divinidad del cielo y de la luz. En él se podían encon­trar numerosos puntos en co­mún con Zeus. Por su parte, Marte era el dios de la guerra, y en la religión romana tenía mucha más importancia que su equivalente griego Ares. A Marte se le atribuía la pater­nidad de Rómulo y Remo y se le consideraba como protec­tor de Roma. Quirino era un dios que no tenía equivalen­cia posible en el Olimpo y que se dedicaba a proteger a los ciudadanos.

A partir del año 500 a.C., cuando Roma ya había entra­do en contacto con Grecia, la Tríada Arcaica se vio susti­tuida por la Tríada Capitolina, que estaba formada por Júpiter, Juno y Minerva. Juno, además de ser hermana y esposa de Júpiter, era la diosa de la fecundidad. Minerva servía co­mo protectora de las artes manuales, la sabiduría y la técni­ca bélica. Poco a po­co fueron surgiendo nuevas divinidades que guardaban clara semejanza con las del Olimpo.

De hecho, casi crearon una versión latina de cada dios griego. Así, Mercurio fue una clara representación de Hermes, como Neptuno lo fue de Poseidón, Venus de Afrodita, Vulcano de Hefesto, Saturno de Crono y Baco de Dionisio. De esta manera, los romanos consiguieron el mismo obje­tivo que los griegos, contar con divinidades protectoras para casi todos los actos de la vida ordinaria. ■

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