Un paseo por Praga supone un recorrido por las esencias de la cultura europea que se han sucedido en los últimos diez siglos

Alguien es capaz de imaginar un gigantesco mu­seo que ocupe el mismo espa­cio que toda una ciudad? ¿Alguien puede creer que una urbe entera sea en realidad una monumental muestra de los principales es­tilos artísticos y arquitectóni­cos desarrollados en Europa a lo largo de varios siglos? Quien conteste negativamente a esta pregunta es que, simplemente, no conoce Pra­ga. Porque esta ciudad, capital de la República Checa, tiene grabados en los edificios que la forman todos los «ismos» culturales que uno pue­da imaginar.

Del románico medieval al art nouveau más rompedor, pasando por el gótico, el ba­rroco, el rococó, el modernis­mo e incluso el discutible rea­lismo socialista, todos los es­tilos arquitectónicos tienen aquí su rincón, con lo que un paseo por esta ciudad partida en dos por el río Moldava se convierte en un recorrido por las esencias de la cultura eu­ropea de los últimos diez si­glos, con la particularidad de que se trata de un recorrido real, no una construcción vir­tual de una de las miles de webs dedicadas al arte y la ar­quitectura.

El tour tradicional

Por ello, un primer acerca­miento a Praga exige una vi­sita turística al más tradicio­nal estilo; es decir, para tener un primer contacto pleno con la ciudad hay que hacer algo tan elemental como equiparse con un calzado có­modo y un buen mapa expli­cativo y disponerse a realizar un tour a pie por diversos ba­rrios de la ciudad. Sólo después de este recorrido -que puede prolongarse por espacio de dos, tres y hasta cuatro días- el visitante podrá atreverse a sentir con pleno conocimiento de causa el feeling de los viejos cafés de la ciudad, la musicalidad que desprenden las fachadas de la plaza Vieja o la fuerza, que puede llegar a emitir un re­cinto como la plaza Wences­lao, a pesar de los bancos, ho­teles y discotecas que se suce­den en la zona.

Fue en esta plaza donde tu­vo su punto álgido la Prima­vera de Praga de 1968, aplas­tada por los tanques soviéticos, y fue también aquí donde se desarrolló en 1989 la lla­mada Revolución de Tercio­pelo, que puso fin, precisa­mente, a la influencia de una Unión Soviética a punto de desaparecer.

Volviendo a nuestro tour turístico, al llegar a Praga lo primero que hay que hacer es programar una visita comple­ta a la ciudad, barrio por ba­rrio. El recorrido puede ini­ciarse en Staré Mesto o Ciu­dad Vieja. En este barrio, hay que dirigirse a la plaza Vieja, que es la que posee mayor personalidad de toda la ciu­dad, y maravillarse ante sus numerosos monumentos: el edificio del Ayuntamiento, en una de cuyas fachadas se encuentra un hermosísimo reloj astronómico, la iglesia de San Nicolás, con una impresionante fachada barroca, el palacio rococó de GolzKinsky, convertido en la ac­tualidad en una galería de ar­te, la iglesia de Nuestra Seño­ra de Tyn, con sus caracterís­ticos pináculos góticos, y las fachadas de los otros edificios que ayudan a cerrar la plaza, como el Ministersvo Hospodárstiv, de estilo art nouveau.

De la Ciudad Vieja a la Nueva

Visitada la plaza, lo que pue­de llevar una mañana entera -incluida una cerveza toma­da en una de las numerosas terrazas del lugar-, hay que seguir por la calle Celetná, con su casa de la Virgen Ne­gra, y luego pasear por las ca­llejuelas del barrio, orillando lugares tan singulares como la Torre de la Pólvora, los pala­cios Clam Gallas y de los Señores de Kunstát, el Clementinum, el museo Smetana y las plazas Mariánské y de los Caballeros Cruzados.

La siguiente cita en este recorrido imprescindible es Josefov, el antiguo gueto judío, donde hay que hacer una parada en su viejo cemente­rio, un recinto donde se acu­mulan más de 12.000 lápi­das, la mayoría de ellas es­culpidas con gran maestría. Allí están enterrados per­sonajes de renombre como el rabino Low, cuya tumba es la más visitada de todo el ce­menterio. El otro punto de interés del barrio es la sina­goga Staronová, la más anti­gua de Europa. Paseando por el barrio se hace imprescindi­ble evocar El Gollem, mons­truo de novela creado precisámente por el rabino Low y reinventado unos siglos más tarde por Meyrink.

Luego, hay que acercarse al río Moldava y cruzarlo por el puente Garlos, el monumen­to más célebre de Praga, construido por encargo del rey Carlos IV, protegido en sus extremos por dos torreo­nes góticos y decorado en to­da su longitud por más de treinta estatuas que acompa­ñan al visitante en todo el trayecto. Al otro lado del puente se encuentra el barrio de Malá Strana, con sus ca­racterísticos tejados anaran­jados. En este lado del río se hace imprescindible la visita al Castillo de Praga, inmenso recinto situado sobre un montículo desde el que se al­canza una interesante vista de la ciudad. Dentro del cas­tillo se encuentra la catedral de San Vito, en cuyo interior descansan los restos de san Wenceslao, patrón de la ciu­dad.

En este primer contacto con Praga sólo queda una cosa por hacer: cruzar nuevamen­te el Moldava, desandar lo recorrido en Staré Mesto y llegar a la plaza Wenceslao, situada ya en Nove Mestó, el barrio de la Ciudad Nueva, escenario, como ya se ha apuntado, de los principales acontecimientos praguenses del siglo XX. Aquí hay que prestar especial atención al museo Nacional y al hotel Europa y ¿por qué no?, des­cansar un rato junto a la esta­tua ecuestre de san Wenceslao.

Descubrir la otra ciudad

Hasta aquí el recorrido pre­vio. Realizada la ruta, obser­vado ya todo lo impresionan­te, hay que empezar a descu­brir lo interesante. Para ello, tras un merecido descanso, hay que dejar todas las guías en la habitación del hotel y lanzarse a pasear sin rumbo fijo por las calles de todos es­tos barrios, para descubrir en el camino edificios anónimos, balaustradas exquisitamente trabajadas, vitrales y cúpulas no mencionadas en ninguna parte, klobás, polevka y otras especialidades culi­narias checas…

También . hay qué escuchar las melodías de los numero­sos músicos callejeros que deambulan junto al puente Carlos, y parar a tomar una cerveza en alguno de los cafés y cervecerías que salpican to­da la ciudad, cuya solera em­barga siempre al cliente, sea éste foráneo o local. Por cier­to, Praga ama a la música tanto como a sus viejos mo­numentos, por lo que, según sea la época de visita a la ciu­dad, hay que estar atentos a los conciertos que estén pro­gramados, especialmente los que tienen lugar durante los festivales musicales de In­vierno.y Primavera. ■

 

 

 

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