ELEFANTE AFRICANO

El calor comienza a dejarse sentir con fuerza la sa­bana y buena parte de los gran­des cazadores africanos se han retirado a descansar, buscando la som­bra de las acacias para rendir­se a un reconfortante sueño. Una familia de leones reposa en las inmediaciones de uno de los ya escasos bebederos naturales que aún sobreviven a los rigores de la estación se­ca, mientras que a lo lejos aparecen las grandes moles de una manada de elefantes. Su paso es lento y parsimonioso. Sus patas, recias y columnares, terminadas en cuatro grandes uñas romas que no alcanzan a tocar el suelo gra­cias a unas potentes almoha­dillas plantares, se mueven despacio.Sobre ellos se divi­san las blancas figuras de las garcillas bueyeras, que utili­zan los elefantes como atala­yas móviles para disfrutar del fácil banquete que representa la multitud de insectos que saltan de las resecas hierbas al paso de los gigantes.

LA PROTECCIÓN DEL TAMAÑO

Poco a poco la manada de elefantes se acerca y los leo­nes abandonan el sueño. Guiados por la hembra de más edad, los elefantes han decidido pasar junto a la aca­cia en su camino hacia el agua, y los leones saben que deben ceder el paso. Con des­gana, los felinos se levantan y se retiran a una prudente dis­tancia mientras el grupo de elefantes atraviesa la zona. El «rey de la selva» sabe que no debe interferir en las decisiones de los tranquilos gigantes y abandona por unos momen­tos su «trono». Molestar a los elefantes puede acarrear graves consecuencias incluso pa­ra un león adulto, pues sus colmillos constituyen pode­rosas armas contra las que na­da pueden hacer las garras ni los dientes del felino.
El grupo de elefantes prosigue su camino hasta el cercano abrevadero mientras los leo­nes retoman su posición a la sombra. Con la misma parsimonia con la que han recorrido el camino, los ele­fantes sé introducen en las aguas poco profundas de la charca y, una vez allí, dan inicio a una de las activida­des que mayor placer parecen proporcionarles, el baño. Es entonces cuando entra en funcionamiento uno de los más singulares órganos del elefante, su trompa.Una nariz sorprendente

Formada por la fusión de la nariz y el labio superior, la trompa es mucho más que una larga nariz con la que captar los olores del entorno. Con cerca de 2 m de longitud en los adultos y una capaci­dad de alrededor de 7,5 litros, la trompa del elefante está formada por más de 50.000 músculos que permiten reali­zar los más variados movi­mientos con una sorprenden­te mezcla de precisión y fuer­za. Además, en su extremo posee dos pequeñas y sensi­bles prolongaciones a las que, debido a su función, se les suele dar el nombre de «de­dos». Sin mayores preocupacio­nes, los elefantes aspiran el agua con sus trompas y la introducen directamente en el interior de la boca.

Con cada trago, cerca de 6 li­tros de agua van calmando la sed de los animales y ayu­dan a digerir los más de 100 kg de vegetación que un elefante adulto necesita comer cada día para mantenerse en buenas condiciones físi­cas. Calmada ya la sed, el ele­fante se dedica a otras tareas. Su trompa llena de agua se curva hacia arriba y, como si se tratase de una ducha, suel­ta un poderoso chorro de agua sobre su lomo. Pero el «aseo» del elefante no termina con el remojón. La piel húmeda quedaría desprotegida frente a los poten­tes rayos solares y la multitud de insectos que pueblan la sa­bana; para evitar tales moles­tias, los elefantes dan una nueva utilidad a sus trompas. , Esta vez no se llenan de agua, sino del polvo y la tierra que rodea la charca. Del mismo  modo que durante la «ducha», es ahora el polvo el que sale disparado por el extremo de la trompa y recubre el cuerpo del elefante hasta for­mar una coraza de barro que, además de retardar la evapo­ración de la humedad de la piel y de protegerla del sol, evita que muchos insectos depositen sus huevos en ella provocando ulceraciones.

Diseñadores del paisaje

Tras las labores de higiene la manada de elefantes abando­na la charca y retoma su deambular por la sabana en busca de comida. La prolon­gada escasez de lluvias ha ter­minado por secar gran parte de la hierba de la sabana, que ha quedado convertida en un enorme pastizal de color ocre amarillento, de manera que los elefantes se ven obligados a comer otras cosas. Las hojas y la corteza de las acacias aparecen entonces como sus­tituto de la hierba, y el ele­fante utiliza su trompa para alcanzar las copas de los ár­boles. Con gran habilidad, los «dedos» de su trompa van seleccionando el alimento en las partes altas y arrancando tiras de corteza de las ramas. Pero esta delicadeza se aban­dona cuando la situación se hace más complicada. En ese caso, el elefante rodea con la trompa la rama apetecida y la arranca del árbol haciendo gala de una tremenda fuerza.

La labor de los elefantes so­bre los árboles facilita la ali­mentación a otros muchos animales. Las sacudidas, de las ramas provocan la caída de frutas y semillas, muchas de las cuales no son comidas por el gigante y quedan a dis­posición de los otros anima­les. Por este motivo, su acti­vidad posee una tremenda importancia en el manteni­miento del ecosistema en el que habitan.

Las semillas y frutos de al­gunas plantas están adapta­das para atravesar el sistema digestivo del elefante sin ser digeridas. Los jugos gástricos del animal debilitan sus cu­biertas protectoras, de modo que cuando retornan al suelo con las grandes masas de ex­crementos no sólo están pre­paradas para germinar, sino que se encuentran en un te­rreno abonado para hacerlo. El elefante se convierte, así, en uno de los. agentes diseñadores del paisaje de la sabana. ■

ELEFANTE ASIATICO

Menor que su pariente africano, el elefante asiático ha sido catalogado por los científicos como una especie distinta: Ele-phas maximus. Atendiendo a su nombre científico ya se puede constatar que no sólo pertenece a otra especie, si­no también a otro género, es de­cir, que ambos elefantes poseen suficientes características dife­rentes como para formar parte de grupos animales bien dife­renciados, pese a estar incluidos en la misma familia. A primera vista los rasgos diferenciadores más aparentes se centran tanto en el tamaño de su cuerpo como en el de sus pabellones auricula­res. Las orejas del elefante asiá­tico son menores que las del africano, hecho que se explica por la menor necesidad de refri­geración corporal en el entorno boscoso y selvático en el que ha evolucionado. Por otra parte, sólo los machos del elefante asiático poseen colmillos. Las hembras no desarrollan esos largos incisivos superiores y eso ha evitado, en buena medida, que los cazadores furtivos los cazen para conseguir el precia­do marfil. Pese a todo, las po­blaciones de elefantes asiáticos son muy reducidas, y los go­biernos de los diferentes países en los que aún habitan mana­das en estado libre (India, Sri Lanka, Nepal, Bangladesh, Buthán, Myanmar, Laos, Thai­landia, Vietnam, Camboya, Ma- laysia e Indonesia) han promul­gado leyes para asegurar su su­pervivencia.

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