tigre_siberianoLa nieve cae insistentemente sobre la falda de la montaña  Todo se viste de blanco y únicamen­te las ramas de los árboles po­nen una nota de pálido color en el paisaje invernal. Nada se mueve. Todo parece dor­mido, sumido en un profundo sopor, escondido, a la espera de que el tiempo cambie, de que el frío se suavice un poco y permita una vida más agra­dable. Sin embargo el sueño es só­lo aparente. La vida en este extremo de la gran Siberia es­tá acostumbrada a una clima­tología dura e inhóspita y no se arredra ante el desapacible espectáculo.

Dominador del Territorio

Desde la protección que les brindan las grandes rocas dos ojos escrutan el paisaje. Nada pasa desapercibido para ellos. Ni el pequeño pajarillo que picotea las yemas recién naci­das de los árboles ni la ágil marta que salta de rama en rama intentando que el ave­cilla no la descubra para po­derla capturar por sorpresa. Son los ojos del señor de es­tos bosques. Penetrantes, se­renos y extraodinariamente bellos. El gran tigre descansa en su guarida. No tiene prisa. Hace tan sólo dos días que cazó un gran ciervo y aún no siente las punzadas del hambre. No hay motivos para malgastar energías y mucho menos cuando el tiempo no acaba de calentarse, cuando el largo invierno siberiano parece ne­garse a ceder el paso a la sua­ve primavera. Sin embargo, el gran macho sabe que debe ponerse en mo­vimiento. No vale la pereza cuando uno reina sobre un territorio que puede alcanzar los 1.300 kilómetros cuadra­dos de extensión. Un reino tan extenso necesita ser pro­tegido permanentemente frente a posibles intrusos, de manera que el soberano se ve obligado a deambular fre­cuentemente por él para esta­blecer sus marcas propias.

Con tranquilidad, como ca­si siempre, el tigre se despere­za. Estira sus patas anteriores y bosteza largamente antes de ponerse en camino, con pase sosegado y elegante, hacia el primer punto de mareaje, un gran árbol cercano.

Señales en el bosque

Allí comienza su periplo, si ronda de policía. La corteza del tronco aparece hecha jirones hasta una altura considerable y cualquier otro tigre que se atreviera a pasar por allí sabría leer el mensaje. El territorio está ocupado, y a juzgar por la altura que alcanzan las marcas de las uñas en el tronco, su dueño es un ejemplar de considerable tamaño y, llegado el caso, podría ser un contrincante peligroso. Por si quedaba algúna duda, el gran macho repite la ceremonia. Desenvaina su larguísimas uñas retráctiles araña insistentemente la corteza. Las marcas deben ser renovadas periódicamente puesto que unas marcas viejas pierden su efectividad y pueden hacer creer a los demás que el territorio hace tiempo que permanece libre.

El territorio que controla un macho puede llegar a alcanzar los 1.300 km

Durante su recorrido de con­trol y mareaje del territorio, el gran macho atraviesa los territorios de varias hembras. Son más pequeños y están incluidos dentro del suyo, pero en raras ocasiones se encuentra con sus dueñas. Hoy es distinto. El olor de una muestra de orina que ha encontrado durante su paseo de casi cuarenta kilómetros de esta noche le ha permitido averiguar que una de las hembras se encuentra en celo. Ha olido profundamente la señal intentando descifrar el men­saje completo y para ello ha utilizado el especializado ór­gano vomeronasal, también conocido como órgano de Ja­cobson. Las células sensitivas que recubren los dos peque­ños orificios localizados en la parte superior del paladar son capaces de detectar la más mínima señal química, y el gran tigre se ha dado cuenta de que ha llegado el momen­to de buscar a esa hembra. Experimentado en otras ocasiones a lo largo de su ya dilatada vida de adul­to, emite un sonoro rugi­do, algo que sólo hace en ocasiones especiales co­mo ésta o después de aba­tir una gran presa. Inicia así una búsqueda que lo conducirá, irremediable­mente, al encuentro con la compañera.

tigre-siberianoUn agradable encuen­tro

Las hormonas femeninas la han preparado ya para acep­tar la presencia y la compañía habitual del macho cosa que en otras circunstancias no se­ría posible sin que aparecieran las disputas y los malos gestos, pero ahora es diferente. Comportándose como dos pequeños gatitos, los enormes tigres de Siberia se hacen arru­macos y caricias, se marcan mutuamente con su propio olor y, finalmente, se dedican insistentemente a copular. Deben darse prisa en asegurar la fecundación de los óvulos que la hembra lleva prepara­dos en sus ovarios puesto que su celo dura únicamente unos diez días, así que no hay tiem­po que perder. Las repetidas cópulas aceleran la madura­ción de los óvulos de la hem­bra y aseguran el inicio del ci­clo de perpetuación de la espe­cie, pero también plantea otros problemas. La frecuencia de las cópulas llevó a pensar que los tigres poseían un don especial, de manera que los hombres, siempre deseosos de poseer todas las virtudes de los animales a los que admiran, creyeron que ciertas partes del cuerpo del tigre deberían tener poderes afrodisíacos. Esta erró­nea creencia supuso la muerte de un elevado número de ti­gres, ya que sus uñas y huesos pasaron a integrar el elenco de productos utilizados en la me­dicina tradicional oriental, en este caso como productos incrementadores de la potencia sexual.

En esta ocasión el gran ma­cho ha tenido suerte. El terri­torio de la hembra en celo ocupaba la parte central del suyo propio, de manera que ningún otro macho se ha atre­vido a penetrar en él y ha po­dido estar con su compañera el tiempo necesario sin sufrir las molestias ocasionadas por un rival. Si hubiera sido una hembra de la periferia las cosas segura­mente hubieran sido distintas. El macho dominador del terri­torio adyacente habría inten­tado acercarse a ella y se hu­biera desatado el conflicto. Sin embargo, pese a tratarse de un poderoso predador, do­tado de unas magníficas ar­mas, la confrontación se hu­biera llevado a cabo de una forma totalmente ritualizada. Ambos pretendientes hubie­ran medido sus fuerzas, su ta­maño y su agresividad sin que la agresión física hubiera he­cho acto de presencia entre ellos. Seguramente, como su­cede en la mayoría de las oca­siones, ninguno de los dos ha­bría sufrido la más mínima he­rida. Eso hubiera sido un grave error y no resultaría adecuado para la especie. Pero en esta ocasión nada de eso ha sucedido. El gran tigre ha podido perpetuar sus genes sin problemas, con total tran­quilidad, y únicamente cuan­do la hembra ha decidido que ya era suficiente ha mostrado cierta agresividad hacia él, ha impedido un nuevo acerca­miento.

datosRecuperar energías

Ahora, sin embargo, tras va­rios días dedicado a la hem­bra, el tigre tiene hambre. Ha consumido mucha energía y debe recuperarla rápidamente para evitar que la debilidad se adueñe de él. Da comienzo entonces la partida de caza en solitario, especialidad en la que el tigre es un auténtico experto. Su agudo sentido de la vista y del oído le indica que una familia de jabalíes se encuen­tra en las cercanías hozando bajo la capa de nieve en bus­ca de raíces y pequeños animalillos con los que alimen­tarse. La ocasión es estupen­da. El ruido producido por los jabalíes impide que las ya de por sí silenciosas pisadas del tigre sobre la nieve sean audi­bles, y el gran macho puede acercarse a ellos. Antes, sin embargo, ha comprobado la dirección del viento y ha dado un pequeño rodeo para colocarse contra el viento. El olfato de los ja­balíes está extraordinaria­mente desarrollado, y un error en la colocación del ca­zador seguramente daría al traste con cualquier posibili­dad de caza. Así, a contraviento, guián­dose al principio con el oído y después con su aguda vista, el tigre prepara la emboscada. Con la mirada fija en su pre­sa, la musculatura en tensión y el oído atento a cualquier sonido del entorno el cazador se acerca muy despacio. De pronto, y desde la distancia adecuada, explota toda la energía contenida. Sus pode­rosas patas posteriores impulsan al gran corpachón hacia adelan­te en un pro­digioso salto y la familia de jabalíes, sorprendida, se dispersa en todas las di­recciones. Todos corren cuanto pue­den, todos huyen apre­suradamente del lugar…Todos menos uno. Los agudos chillidos del jabalí cazado du­ran poco. Las poderosas man­díbulas del tigre han hecho presa en su cuello después de que las uñas de las patas ante­riores se clavasen profunda­mente en su lomo. La cacería ha terminado. El gran tigre de Siberia emi­te entonces un potente y pro­fundo rugido que llena el am­biente del bosque y todos los animales que viven con él sa­ben que llega un período en el que pueden estar tranqui­los. El señor ya ha cazado. ■

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