UlisesSegún la tradición, tras su victoria en la guerra de Troya, el héroe griego Ulises tuvo que superar to­da clase de obstáculos, peligros y dificultades du­rante diez años hasta poder regresar a su tierra natal, la ciudad de ítaca. La hazaña, que con el tiempo se convirtió en paradigma de todas las em­presas imposibles, es narrada en la Odisea de Homero, un poema épico del siglo VIII a.C. ambientado en los últimos años de la civilización micéni­ca.

Ulises y los demás héroes homéricos eran reyes de pe­queños dominios en la penín­sula del Peloponeso, en el sur de Grecia. Sus ciudades, asentadas en colinas fortifica­das sobre la llanura, denomi­nadas acrópolis, habían co­menzado a desarrollarse hacia el siglo XVI a.C., a partir del comercio de vino, aceite de oliva y objetos de alfarería, actividad que combinaban con la piratería y el pillaje en las costas de los mares Egeo y Mediterráneo. Sus frecuentes incursiones a Creta dieron lu­gar a un importante intercambio cultural con los minoicos –el pue­blo nativo de la is­la-, a quienes llega­ron a dominar.

Época de héroes y leyendas

homero odisea ulisesLos griegos del período clásico vivían con la añoranza de lo que lla­maban «los tiempos heroicos», es decir, aquellos en los que las divinidades intervenían directamente en los asuntos humanos, tenían lugar las más grandes gestas y florecían hombres invencibles. En realidad, todo ello formaba parte de sus tradiciones y creencias religiosas, que en gran medida crearon y ayudaron a difundir las dos grande obras de Homero: la Iliada y la Odisea.

Durante mucho tiempo se creyó que todo lo que decían aquellos poemas épicos era re­sultado del genio inventivo de su autor, pero entre 1870 y 1890 el empresario alemán Heinrich Schliemann se encargó de demostrar lo contrario. Amante de la cultura grie­ga y acérrimo defensor de Homero, Schliemann se pro­puso encontrar la ciudad de Troya con la sola guía de un ejemplar de la Iliada, un méto­do que revolucionó la arqueo­logía. Al cabo de algunos años, y a base de mucho esfuerzo y dinero, no sólo logró dar con Troya, «la ventosa Ilion» in­mortalizada por Homero, en la colina de Hissarlik, en el norte de Asia Menor, sino que además localizó las ruinas de la legendaria ciudad de Micenas, patria del rey Agamenón, en la península del Peloponeso, donde halló otro gran tesoro. Acaso ésos fueran «los tiempos heroicos» de la arqueología.

Micenas, mucho más que una ciudad

micenas1Hoy en día, gracias a esos pri­meros hallazgos, contamos con numerosos conocimientos acerca de la edad de bronce. Entre ellos, la datación y clasificación de casi una docena de centros urbanos pertene­cientes a aquella época. El más importante y próspero de todos era Micenas, capital de la Argólida y eje de un verdadero imperio industrial. Su poder y riqueza eran tan superiores a los de cual­quier ciudad de su época, que los especialistas no dudan en referirse a la Grecia de la edad de bronce con el nombre de «civilización micénica». El área urbana más im­portante que ocupaba Micenas era la ciudadela, que se hallaba protegida por un muro de unos seis metros de espesor. En su interior vivía la realeza con sus favoritos. El acceso a la ciudad se hacía a través de la monumental «Puerta de los Leones», y se hallaba en las cercanías de una pequeña necrópolis en la que reposaban los restos de los gobernantes. El descubri­miento de valiosos objetos labrados en oro demuestra que, ya en el siglo XVI a.C., la aristocracia micénica contaba con importantes bienes y ri­quezas. Gran parte de ese po­der se debía a su envidiable si­tuación estratégica, que le permitía controlar el comercio en el área nororiental del Peloponeso.

Pero Micenas no siempre fue una ciudad poderosa. Sus pobladores eran descendien­tes de pueblos de lengua grie­ga que aparecieron en Europa

siglo XVI a.C., la aristocracia micénica disponía de abundantes bienes, como demuestran las riquezas de sus tumbas.

hacia 1900 a.C. Sólo con el correr de los años, las primeras agrupaciones tribales se fue­ron transformando en socie­dades fuertemente estructura­das en torno a un gran palacio central. Muchas de ellas apa­recen mencionadas en la Iliada; son los casos de la «árida» Argos, Tirinto «de murallas formidables», Orcómeno, «ri­ca en ovejas» y la «arenosa» Pilos, patria del rey Néstor.

El idioma de los micénicos

En 1939, en tierras de la antigua ciudad de Pilos, el ar­queólogo estadounidense Carl Blegen protagonizó un hallazgo que revolucionó el estudio de la edad de bronce: la primera de una serie de más de 1.200 tabli­llas de barro grabadas con una misteriosa escritura desconoci­da. Todo parecía indicar que ha­brían sido conservadas por acci­dente, cocidas por el calor de un incendio que asoló el palacio a finales del siglo XIII a.C.

Durante más de diez años, el lenguaje de las tablillas, que reci­bió el nombre de «lineal B», con­mocionó a los especialistas y per­maneció sin descifrar. Pero, en 1952, el arquitecto británico apa­sionado por las lenguas clasicas Michael Ventris anunció en en­trevista a una cadena radiofóni­ca que lo había conseguido.
La expectación no podía ser mayor. ¿Serían los fragmentos de una obra más antigua que la Ilíada? ¿Estaríamos ante los orí­genes mismos de la poesía épica? Nada de eso. Las tablillas conte­nían listas contables: cantidades de vino, aceitunas, trípodes, ovejas, ruedas de carro y hasta impuestos recaudados.

El fin de una civilización

caballo-de-troyaQuizás el más grande misterio de la edad de bronce en Gre­cia no sea otro que el de la de­cadencia y la desaparición de la cultura micénica. Todas las grandes ciudades de aquella época, Argos, Tirinto y la mis­ma Micenas, agotadas por la guerra contra Troya, entraron en crisis a finales del siglo XIII a.C., es decir, poco tiempo después de haber alcanzado su máximo esplendor. Algunos expertos creen que eso se de­bió a una catástrofe natural. Otros sostienen que la econo­mía del imperio alcanzó tales niveles de centralización y bu­rocracia que habría terminado por hundirse con su propio pe­so. Aun así, la opinión más extendida quizá sea la de un declive paulatino, un progresi­vo abandono de la población de todos y cada uno de los principales centros urbanos.Los dorios, un pueblo in­doeuropeo, problamente originario de la cuenca del Danubio, se hizo con el control de buena parte de Grecia entre los siglos XIII y IX a.C aprovechando el vacío político que siguió a la decadencia y desaparición del poder micenico. ■

Las claves de la Odisea

HOMYa en tiempos de la Grecia clásica era muy poco lo que se sabía de Homero, el autor de la Iliada y la Odisea. Siete ciuda­des presumían de haber sido su cuna, aunque la tradición más ex­tendida es la que lo hace nativo de Esmirna, actual ciudad turca de Izmir. Desde allí se habría trasladado muy temprano a Quíos, donde transcurrió la ma­yor parte de su vida.

El tema de la Odisea, compuesta hacia el siglo VIII a.C., es el largo viaje de Ulises desde Troya hasta su Ítaca natal, sorteando toda clase de peligros. La obra trata de la relación del hombre con los dioses, de la vida, de la muerte, del honor, de la guerra y, espe­cialmente, del comportamiento humano frente a las adversidades del destino. A eso quizá se deba su permanente vigencia.

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