El paso del elefante era firme. Iba directo a su abreva­dero, al lugar en el que solía bañarse durante los magní­ficos atardeceres indios. Los árboles cubrían con una alta cúpula verde el cielo que co­menzaba a tomar tintes purpú­reos a medida que el sol se es­condía en el invisible horizonte. Durante un instan­te el gran paquidermo detuvo su marcha. Con sus grandes orejas abiertas de par en par se quedó mirando fijamente al suelo. Allí, frente a él, a escasa distancia de sus columnares patas, se levantaba la figura más temida de la selva. Su pos­tura erguida, su capucha dis­tendida y su penetrante mira­da eran inconfundibles. Se trataba de la cobra real, la más grande de las serpientes vene­nosas del mundo.  Capaz de matar en pocos minutos inclu­so al gigante de la selva si éste se atreve a molestarla.

Una jeringuilla viva

Con más de cinco metros de longitud y un peso que puede llegar a los doce kilos en los ejemplares bien nutridos, la imagen de la cobra real resulta impresionante. Su gran tama­ño podría inducir a pensar que posee unos colmillos inoculadores de veneno extraordinariamente grandes, sin embar­go, nada más lejos de la realidad. Situados en la parte anterior de las mandíbulas, los colmi­llos de la cobra real son peque­ños. No miden más de un cen­tímetro de longitud, algo que parece estar en desproporción con su portadora si se tiene en cuenta que otras serpientes, de menor tamaño, como por ejemplo la víbora del Gabón (Vitís gabonica), que no suele superar los dos metros de lon­gitud, casi lo triplica. Pero es que la cobra real no necesita colmillos más largos. En reali­dad no podría tenerlos debido a su especial estructura. En efecto, mientras los colmillos de las víboras, que pertenecen al grupo de ofidios catalogados como solenoglifos por los herpetólogos, se recogen hacia el paladar cuando la serpiente cierra la boca, los de la cobra, que es un ofidio proteroglifo tí­pico, permanecen en posición vertical en todo momento. A la cobra, en consecuencia, le resultaría imposible cerrar la boca con unos colmillos de ca­si tres centímetros de longitud.

Sin embargo, pese a su pe­queño tamaño, los colmillos de la cobra real se encuentran entre los más temidos del mundo animal. Dotados de un fino surco que los recorre por su parte anterior, actúan como agujas hipodérmicas capaces de conducir el veneno desde las grandes glándulas del vene­no localizadas a ambos lados de la cabeza hasta el interior del cuerpo de las víctimas. Y es suficiente con una pequeña dosis de su veneno para que la presa muera en breves instan­tes. Incluso animales tan gran­des como el elefante pueden sucumbir a sus efectos si la mordedura tiene lugar en el extremo de la trompa o en las inmediaciones de las uñas, lu­gares en las que la piel del pa­quidermo es algo más fina de lo habitual.

Sin desperdicio

Sin embargo, para una cobra no tiene ningún sentido atacar a un elefante a las primeras de cambio. En ningún caso se lo podría comer, y eso que la ca­pacidad para descoyuntar su mandíbula inferior le permite ingerir presas mayores que ella. Incluso las grandes pitones asiáticas pueden ser devoradas por esta serpiente que, además, está especializada en alimen­tarse de ofidios.

Pero la cobra no desperdicia su veneno ni sus energías, y únicamente morderá a un ani­mal que no vaya a comerse en el caso de que se sienta real­mente amenazada y sin posibi­lidades de huida.

Algo distinto sucede cuando la serpiente va de caza. Enton­ces todos sus sentidos se en­cuentran en una alerta espe­cial, sobre todo el olfato. La larga lengua bífida apare­ce y desaparece a gran veloci­dad, y en cada una de las múl­tiples sacudidas que da en el aire, recoge partículas que son conducidas hacia un órgano especial localizado en la parte superior del paladar. Se trata del órgano de Jacobson, una estructura repleta de quimioreceptores  que le permite obtener toda la información necesaria del entorno, incluso aunque la cobra se encuentre en el agua. Gracias a ella pue­de seguir el rastro dejado por otras serpientes en el sotobosque selvático. Y cuando la co­bra detecta una posible presa se convierte en un terrible pre­dador. Pausadamente, con un sigilo total, va comprobando todos y cada uno de los rinco­nes a los que la conduce su lengua que, a medida que se acerca al lugar en el que se encuentra la presa, proyecta con  mayor frecuencia fuera de la boca. La serpiente amenazada sabe que su mejor arma frente a la cobra es la inmovilidad total, de manera que, cuando se sabe detectada, deja que el predador se acerque a ella sin realizar el más mínimo movi­miento. Cualquier fallo su­pondrá un muerte inevitable.

Y eso es lo que suele suceder. Al menor despiste, la cobra real muerde el cuerpo de su víctima y el potente veneno comienza a actuar. Su efecto neurotóxico paraliza el cora­zón y los pulmones de la pre­sa, de manera que ésta muere por asfixia y paro cardíaco. Pero eso no es todo. El vene­no inoculado durante la pro­longada mordedura actúa también sobre las demás vis­ceras de la presa, a las que va deshaciendo literalmente. Se trata de algo parecido a una digestión extracorpórea, de manera que cuando la cobra engulle finalmente a la vícti­ma, ésta está ya parcialmente digerida.

Buscando pareja

Cuando llega el período re­productor los machos de la cobra real muestran una acti­vidad infrecuente. Su lengua bífida conectada con su órga­no de Jacobson les indica que en su territorio existen hem­bras dispuestas para la repro­ducción, y en ese momento se inicia un proceso que culmi­nará cuando la cópula con al­guna de ellas haya llegado a su fin. Sin embargo, el olor de las hembras en celo no es detectado sólo por el macho do­minante de un territorio. Otros machos también lo perciben y, en su búsqueda de la compañera penetran en los territorios de sus competido­res. Se entabla entonces una lucha entre los machos que muchos investigadores supo­nen que está más relacionada con el dominio de un territo­rio que con el acceso directo a las hembras. Uno junto a otro, los grandes machos de cobra real se yerguen sobre su abdomen e intentan obligar al contrincante a agacharse, a adoptar la habitual posición reptante. No existen morde­duras y en casi ningún caso se produce la muerte de alguno de los rivales. El ritualizado combate termina cuando uno de ellos decide abandonar y deja vía libre al contrincante.

El vencido desaparece en busca de mejor suerte en otro lugar mientras el vencedor re­corre el terreno en busca de la hembra en celo.Una vez detectada la posi­ble pareja, el macho se acerca a ella con el mismo sigilo con el que lo hace cuando persi­gue a una presa. Un movi­miento en falso podría provo­car una letal mordedura por parte de la hembra y, en con­secuencia, una muerte segura.Logrado el acercamiento y convencida la hembra, se ini­cia una larga cópula en la que la pareja yace con las colas en­trelazadas mientras el macho introduce el esperma en el in­terior de la hembra gracias a unas estructuras en forma de pene que posee en la región cloacal.

Ese es el único momento en el que existe contacto entre ambos sexos, pues nada más terminar la cópula, cada uno de ellos retomará su vida en solitario y evitará cualquier encuentro con sus congéne­res.

Nacer equipado

Las semanas siguientes a la cópula la hembra se vuelve especialmente voraz. Necesita mucha energía para el desa­rrollo de los huevos fecunda­dos que lleva en su interior, de manera que precisa cazar más que en otras épocas. Sin em­bargo, alrededor de cuarenta días después, la actividad pre­dadora cesa casi por comple­to. La hembra se dedica en­tonces a acumular restos de vegetación para formar un montículo en el que, uno a uno, deposita sus huevos. Ese será su nido durante los dos meses aproximados que dura el desarrollo embrionario. Durante todo ese tiempo la hembra permanece en las in­mediaciones del montículo de hojarasca.

Antes de que las crías sal­gan del huevo, sin embargo, la hembra abandona la zona. No existe contacto entre la madre y las crías, y eso asegu­ra la supervivencia de éstas, que de otra manera serían sin duda devoradas por ella.

Sin embargo, pese a su pe­queño tamaño (no miden más de cincuenta centímetros), las pequeñas cobras nacen ya con una dotación completa de ve­neno. En realidad, nada más salir del huevo son capaces de matar a un animal del tamaño de un cobaya, aunque no sue­len cazar antes de realizar su primera muda. Poco a poco, mediante mudas que durante el primer año se suceden cada mes, lás pequeñas cobras reales van creciendo y desarrollando sus habilidades hasta que, alre­dedor de los tres años de edad, alcanzan la madurez sexual y pueden reiniciar el ciclo. ■

Las cobras pertenecen a la subfamilia de los elapinos, que se distribuye por el conti­nente africano y el sur y sudeste de Asia. Entre sus miembros, pertenecientes a los géneros Naja, Haemachatus, BoulengerinaAspidelaps, Pseudohaje y Paranaja, se encuentran las más diversas adaptaciones. Así, mientras unas habitan en zonas boscosas y húmedas, otras pre­fieren zonas secas y semidesérticas, como la sudafricana Naja nivea de la ilustración. Todas ellas son venenosas, con unas potentes toxinas, pero su siste­ma de inoculación varía de unas especies a otras. Existen espe­cies que han desarrollado la ca­pacidad para lanzar el veneno a £ distancia: son las cobras escupi- g doras, y generalmente lo dirigen £ hacia los ojos de sus víctimas.

También existen cobras con hábi­tos acuáticos. Son dos especies pertenecientes al género Boulan- gerina y viven en las orillas de los grandes lagos africanos. Algunas de las especies que habitan en las selvas y los bosques africanos han desarrollado una extraordinaria capacidad para vivir en las ramas de los árboles. Son las cobras ar- borícolas, diferenciadas en dos es­pecies pertenecientes al género Pseudóhaje. La gran diversifica­ción de este grupo de serpientes ha permitido la aparición de una especie excavadora (Paranaja multifasciata), una pequeña co­bra que viven en África central. Esta misma costumbre han desa­rrollado otras dos cobras del gé­nero Aspidelaps y la cobra de ho­cico en escudo (A. scutatus) y la cobra coral (A. lubricus).

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